lunes, 22 de abril de 2013

Omnia Mutantur, Nihil Inherit

A veces hay cosas que tienes que dejar marchar. Comenté en una entrada anterior que parece que tenemos síndrome de Diógenes con las personas, siempre acumulando más y más a pesar de que muchas no nos aportan nada en absoluto.

En noviembre del año pasado tuve la experiencia de ver a mucha gente marchar de este mundo. Algunos eran cercanos, otros no tan cercanos pero cuya partida partió el corazón a gente a la que aprecio. Me hizo priorizar sobre lo efímero de la vida y procedí a abrir mi alma a gente de mi alrededor, a enseñarles lo que había dentro porque sentía que un día ya no podría hacerlo y habría sido demasiado tarde. Algunas personas cogieron el fragmento que les di y lo acunaron con cariño. Otras me dijeron palabras muy bonitas para acallar el ruido que hacían mientras lo pisoteaban.

Las palabras se las lleva el viento y los ecos del ruido llegan. Quizás distorsionados, pero llegan. Y dolieron. Vaya que si dolieron.

Pero yo soy una persona distinta ahora. Alguien que ha averiguado que por mucho pegamento que le pongas al espejo nunca volverá a reflejar bien. Será un espejo roto que quizás tenga reminiscencias de lo bello que fue algún día, pero no será igual. Y los espejos rotos hay que tirarlos: no te dan una visión fiel a la verdad y en el peor de los casos puedes cortarte con el filo de sus fragmentos.

Estuve mirándome mucho tiempo en un espejo roto, intentando averiguar alguna manera de fundir los fragmentos y que volviera a ser algo entero. Por un momento creí haberlo conseguido pero el martillo de la realidad volvió a hacer aparecer todas las grietas y dejó caer algunos trozos al suelo, revelándome que tras ese espejo había crecido moho y otros elementos que harían imposible unir y hacer bello ese espejo de nuevo.

Y lo tiré. Lloré por los recuerdos, por las risas, por todo lo que creo que fue bello en su día. Lloré por las confidencias, lloré por las conversaciones, lloré por las propias lágrimas que había vertido. Y mientras me iba sacando los fragmentos de espejo que se habían clavado en mi alma, supe que estaba haciendo lo correcto. Habría hemorragia un tiempo por arrancar algo que se había clavado tan hondo, pero por fin empezaría a sanar y podría seguir mi camino.

Mis heridas están tiernas pero cicatrizan bien. Si hago demasiado esfuerzo aún sangran un poquito y me duelen, pero poco a poco noto mejoría. Por suerte todos los que acunaron los retales de alma que les di los han hecho crecer y pueden ir llenando el hueco que otros dejaron.

Lo mejor es que ya no estoy triste. Estoy rodeada de espejos que hacen reflejar la luz haciéndola rebotar de unos a otros y siendo capaces de iluminar todo a mi alrededor hasta en los días más nublados. Espejos que cuando me duelen las heridas sirven de apoyo para ponerme en pie de nuevo. Espejos que al otro lado muestran a personas que me sonríen mientras pulen constantemente la superficie y yo limpio mi otro lado.

Y así sigo caminando el camino que me voy haciendo al andar, como decía el poeta. No es el mejor ni el más bonito, pero es el mío y estoy contenta porque al menos he quitado muchas piedras de él.
 
"Reflejos"

No hay comentarios:

Publicar un comentario