martes, 26 de marzo de 2013

Burning up a sun, just to say goodbye

Hay veces que algo te toca la fibra. Algo que muchas veces no tiene por qué ser de una calidad arrolladora ni tener ínfulas de grandeza. No necesita palabras grandilocuentes ni enrevesadas frases filosóficas que de tan rebuscadas que son pierden la gracia. Hay veces que una idea infantil con un planteamiento básico despierta una pasión que ni tú mismo comprendes.

Porque te habla de otros mundos, porque te habla de otra gente, porque te habla de cómo se puede ser más. Porque te dice que siempre hay margen para dar lo mejor de ti, que no existe lo que llamamos "persona ordinaria", porque por un momento el universo ha estado en peligro y se ha vuelto a salvar. Habla de magia, de galaxias muy muy lejanas, de tiempos pasados, de mundos oníricos y de campos de violines.

Y te habla de querer vivir cada día feliz por estar vivo, de mostrarnos orgullosos de nuestras cualidades, de disfrutar. Fertiliza tu mente y dejas de ser un humano normal, empiezas a compartir un secreto con otros que igual que tú se han quedado prendados de la misma ilusión y sonríes. Compartes esa pasión, que muchos no entienden, y despierta en ti creatividad.

Para mí no es solo ese libro, serie, película o cómic. A mí lo que me da alegría de vivir es que exista gente capaz de crear cosas tan maravillosas, gente con la magia de la imaginación a tal nivel que enamore con sus lugares o personajes. Gente capaz de contagiar felicidad mediante algo que solo existe en su cabeza. Esa gente hace que merezca la pena todo.


martes, 19 de marzo de 2013

Todo lo que mi padre no sabe

Hoy me vais a perdonar la doble mentira. Ni traigo una tinta ni una tontería.

Hoy vengo a hablar de mi padre en honor a su día, aunque él afirme que no es su día, que él ya es abuelo y que le dejemos en paz.

Mi padre es una persona normal, que ha trabajado toda su vida en un trabajo normal para sacar adelante a su normal familia. Hay situaciones mucho más heroicas que las que se han vivido en mi casa, en la que por suerte nunca ha faltado nada de lo esencial y ha sobrado siempre paciencia y amor.

Mi padre en mi infancia ha sido una figura semi-ausente. Creo que su cargo de conciencia es mayor que el perjuicio que eso haya podido tener en mí, más que nada porque no ha habido daño alguno. Desde pequeña, supongo que por la sabia guía de mi madre, asumí de forma natural que si mi papá no podía irme a buscar al cole/ver mi obra de teatro/llevarme al parque/etc era porque estaba trabajando muy duro para que a nosotras no nos faltara de nada, no porque no nos quisiera y otras patochadas de película americana mala de sobremesa.

Cuando yo me despertaba para ir al cole, él ya se había ido. Cuando él llegaba a casa, yo ya hacía tiempo que dormía. Lo que él no sabe es que muchas veces, entre el sueño y la realidad, yo sí que me daba cuenta de cómo venía a vernos dormir al cuarto, las conversaciones entre susurros con mi madre para saber cómo estábamos, las manazas enormes, desde mi perspectiva, que me colocaban en una postura menos absurda porque me había quedado dormida con medio cuerpo fuera de la manta y de la cama. Nunca me he sentido poco querida de pequeña.

Pasan los años y me hago adolescente. La edad del pavo golpea en todo su esplendor y como chica moderna que no entiende al carcamal de su padre surgen las discusiones, las tensiones, las luchas de poder y otros grandes momentos la adolescencia. A pesar de todo, nunca me he sentido poco querida de adolescente.

Pasan aún más años y me hago adulta. O casi, porque al ser la menor de la familia creo que siempre tendré el título de honor de "la Pequeña". Mi padre poco a poco empieza a compartir sus problemas conmigo, a darme charlas (a las que cariñosamente llamamos "chapas"), a escucharme y a reírse conmigo. Desayunamos juntos y nos acompañamos en el metro, yo a trabajar y él a su escuela de relojería, uno de los varios oficios frustrados que no emprendió por nosotras y que ahora disfruta como un chiquillo.

Y a día de hoy, sigue sin saber que lo sé. Sigue sin saber que me he dado cuenta de que presume de nosotras cuando no estamos delante, de que se emociona con nuestros logros, de que algunas veces sigue mirando en mi habitación cómo duermo. Sé que se preocupa cuando me pongo mala como cuando tenía diez años y sé que cuando le digo que he cancelado planes por hacer algo con él se enternece. Y todo esto lo sé a pesar de nuestras bromas, nuestras puyas, sus intentos de que me vaya ya de casa (momento que está muy próximo y que sé que en el fondo le entristece), nuestras discusiones y piques esporádicos.

También sigue sin saber que estoy orgullosísima de él, con todo lo pesado y cansino que es, que no cambiaría nada de nuestra relación padre e hija, que aprecio muchísimo todo lo que ha hecho y hace por mí y que es el mejor padre del mundo. Aunque sea lo típico que se dice a un padre, así lo siento.

Feliz día, papá.

Y también estoy orgullosa de que esté envejeciendo con tanta clase.
Chupáos esa, rockeros que parecen señoras *cof*cof* Paul McCartney *cof*cof*

lunes, 18 de marzo de 2013

Omnia vincit Amor

Todos creemos que nuestro amor es el mejor. Nuestro amor como manera de amar. Todos y cada uno de nosotros, cuando estamos enamorados, estamos seguros de que nuestra manera de amar es la mejor. De que nadie mira como tú miras, nadie abraza como tú abrazas, nadie siente el vuelco en el estómago que tú sientes, nadie suspira como tú suspiras.

Tenemos la certeza total y absoluta de que los demás no lo entienden. De que no tienen ni idea. Todos y cada uno de nosotros en algún momento dado caemos en la arrogancia total de sabernos los únicos conocedores del amor verdadero. Y así debe ser, en mi opinión. Si no estás seguro de que es el mejor sentimiento, ¿qué estás haciendo?

Mi amor tenía forma y color antes de que yo lo supiera. Alguien más sabio que yo le había ido dando forma con mimo y paciencia, nutriéndolo y esperando. Alguien mejor que yo había decidido apostar por ello. Alguien a quien a veces no merezco había decidido que algún día nos daríamos esta oportunidad.

Por suerte es alguien con mucha visión y terminó teniendo razón. Empezamos algo que creció y se nos fue de las manos, dando paso a años de compartir vida. Y entonces evolucionó. Dejé de compartir mi vida y empezó a ser mi vida. No de la forma enfermiza en que alguien deja de ser sujeto, sino en la preciosa manera en la que todo lo que hago o soy es mejor porque aspiro a ser mejor. Siento que le debo mucho a la casualidad, suerte, cosmos, karma o como queráis llamarlo. Quiero ser mejor para poder estar a la altura de lo que me ha sido regalado e intentar merecérmelo día a día.

No lo consigo siempre. Soy insoportable, poco cariñosa, resabida, irónica y de humor fluctuante. Tengo un temperamento rápido y cuando me creo con la verdad, que suele ser a menudo, no tengo piedad ni doy cuartel. Discutir conmigo es peor que darse un paseo con Dante.

Pero a pesar de todo eso me aguanta y tengo la oportunidad de dar lo mejor de mí cuando él no está en su mejor momento. Porque él no es perfecto, no os creáis que esto es un amor ciego. Nos vemos sin idealizarnos, nos aceptamos y buscamos ser mejores juntos.

Además nos reímos. Mucho. De todo, de nada, de nosotros mismos. Reímos hasta llorar y a veces empezamos algo llorando para acabar riendo. Tenemos conversaciones absurdas sobre las que podemos debatir con argumentos de peso durante horas. Tenemos conversaciones trascendentales que a veces duran dos palabras.

Después de años lo mejor que puedo decir de esta relación es que, además de hacerme mucho mejor persona, me sigue sorprendiendo. Y no cambiaría nada de ella (aunque si nos toca la lotería no diré que no, las cosas como son).

Y pensar que todo empezó con un melón con un lazo...

Esta ilustración no es mía, es un retrato que me hizo él.

domingo, 17 de marzo de 2013

Tempus Frangit

No he cometido un error nombrando la entrada. El tiempo para mí no vuela, se rompe cuando de él no hemos conseguido esculpir un recuerdo o aprender.

Puedo afirmar con rotundidad que nunca he perdido el tiempo. Pero bien es cierto que mi concepto de perder el tiempo es bastante personal y que desde fuera se puede decir que en realidad pierdo mucho tiempo.

¿Cuándo perdemos tiempo? La respuesta más habitual es "cuando no hacemos nada de provecho". ¿Qué es algo de provecho? ¿Una actividad laboral que te genere dinero? ¿Estudiar? ¿Recoger la casa?

¿Por qué las actividades que menos te llenan son las que se supone que no te hacen perder el tiempo? Para mí es radicalmente diferente. Yo pierdo tiempo cuando hago algo que no me gusta por necesidad. Es una pérdida de tiempo necesaria y la hago a fin de cuentas, pero estoy perdiendo el tiempo. Estoy perdiendo tiempo de reír, de soñar, de pensar, de ensuciar papeles hasta que se materializa lo que quiero plasmar, de leer y de otras tantas cosas que a mí me nutren por dentro.

Una buena amiga me dijo una vez que el alma (aunque no tengamos concepto o creencia de "alma" religiosamente, hablamos de nuestro interior. Hablamos de ese "algo más" que tenemos que nos hace llorar con una canción o emocionarnos con un buen libro, podéis llamarlo conjunto de hormonas y cócteles químicos variados de nuestro cerebro si queréis), al igual que el cuerpo, necesita higiene. Necesita una ducha diaria.

Esa ducha diaria puede ser simplemente ser un poco más consciente con lo que haces. Disfrutarlo. Conseguir así entonces que nada sea una pérdida de tiempo. Yo lo estoy intentando hacer cada día y puedo decir con orgullo mal disimulado y felicidad que poco a poco lo consigo. Espero que a vosotros también os sirva de algo invertir vuestros minutos.

Termino inclinándome ante todos los que me habéis regalado vuestro valioso tiempo leyendo, comentando o compartiendo. Es una de las cosas más bonitas que se pueden regalar por lo irrecuperable que es, así que gracias y espero seguir con este trueque de experiencias y recuerdos a menudo.




 
 

sábado, 16 de marzo de 2013

¿Y qué serás tú, Soñador?

Abro este blog porque quiero hablar. Y realmente no me preocupa si me escuchan o no, o por lo menos no demasiado. Sería mentira decir que no quiero que me lean, pero también sería mentira decir que busco tener muchos lectores. Vengo a barruntar y me da un poco igual qué me depare esto.

No es un blog de escritura, no soy escritora. No es un blog de arte, no soy artista. No es un blog de ilustración, no soy ilustradora. Y yo, ¿qué soy entonces? En esta época en la que todo necesita un etiquetado y un código de barras, ¿qué soy?, repito. Empezaré con lo que tengo claro.

Soy hermana de dos, novia de uno, amiga de muchos y conocida de demasiados (aunque no en sentido bíblico). Personalmente, soy un desastre. Profesionalmente, soy diseñadora gráfica.

Ser diseñador gráfico es una cura de humildad. O más bien una colleja de humildad. Tu trabajo puede ser visto por miles de personas pero tu nombre no tiene por qué conocerse. No firmamos los manuales corporativos ni hacemos el trabajo nuestro, somos mercenarios que ofrecemos un servicio y cual prostitutas sabemos que es un error enamorarse del cliente.  El día menos pensado tu cliente va a otra que le da el mismo servicio que tú pero de otra manera (más barato, con otro estilo, más rápido...) y tienes que aceptarlo. Porque así es este mundo.

Hace poco vi el rediseño de uno de los logos que yo había desarrollado para una empresa. En modo profesional analicé los cambios que habían efectuado, las nuevas aplicaciones del logo y los usos derivados. No me convenció la nueva propuesta, creo que daba pie a confusión respecto a los servicios de la empresa. En modo personal, no sentí nada. Ni indignación porque hubiesen tocado "mi obra" ni nada por el estilo. Me encogí de hombros y pasé la publicidad de largo sin más pensamientos.

El problema o la ventaja de esta actitud es que se extiende. Se extiende a mis dibujos, se extiende a mis cuadros, se extiende a lo que digo. "¿Por qué nunca firmas tus ilustraciones?", me han preguntado muchas veces. Porque me da igual. Me siento orgullosa si alguien aprecia mi trabajo, pero no pretendo que se extienda a mi persona. Obviamente no quiero que nadie se lucre a mi costa o se atribuya mi obra, pero que de mi obra no se conozca mi autoría me es indiferente.

Siento una desambiguación de lo que genero que a veces resulta liberadora y otras quizás triste. Mi trabajo para mí es como un amante pasional, disfruto de él al máximo mientras estamos juntos, nos exploramos, nos enfadamos, perdemos madrugadas, discutimos y nos reconciliamos. Y cuando la relación termina, no se mira atrás. No hay un "te llamaré" o "serás siempre mío".

¿Significa esto que en el mundo del diseño no hay ego? Qué va. Pero el ego va por dentro. Mientras otros difunden sus productos yo callo mientras sé que la gente ha visto cosas mías. Ha tenido en sus manos libros en los que he participado, revistas, flyers, tarjetas de visita, ha visto banners, webs, carteles, vallas publicitarias, estandartes, roll ups, vídeos, iluminaciones, escenografías... y no lo saben. Estoy en su subconsciente y no lo saben. Estoy almacenada como información visual en lo más profundo de su cerebro y no lo saben. Y me encanta. ¿Para qué romper la magia de la incertidumbre con el aburrimiento de la certeza? 

Teniendo claro entonces lo que soy y lo que no soy, me queda desentrañar el qué quiero ser. Eso, por suerte, lo tengo cristalino. Desde el primer tomo de Sandman, Morfeo en el Infierno, sé lo que quiero ser.

"¿Y qué serás tú, Soñador?
- La esperanza"