martes, 19 de marzo de 2013

Todo lo que mi padre no sabe

Hoy me vais a perdonar la doble mentira. Ni traigo una tinta ni una tontería.

Hoy vengo a hablar de mi padre en honor a su día, aunque él afirme que no es su día, que él ya es abuelo y que le dejemos en paz.

Mi padre es una persona normal, que ha trabajado toda su vida en un trabajo normal para sacar adelante a su normal familia. Hay situaciones mucho más heroicas que las que se han vivido en mi casa, en la que por suerte nunca ha faltado nada de lo esencial y ha sobrado siempre paciencia y amor.

Mi padre en mi infancia ha sido una figura semi-ausente. Creo que su cargo de conciencia es mayor que el perjuicio que eso haya podido tener en mí, más que nada porque no ha habido daño alguno. Desde pequeña, supongo que por la sabia guía de mi madre, asumí de forma natural que si mi papá no podía irme a buscar al cole/ver mi obra de teatro/llevarme al parque/etc era porque estaba trabajando muy duro para que a nosotras no nos faltara de nada, no porque no nos quisiera y otras patochadas de película americana mala de sobremesa.

Cuando yo me despertaba para ir al cole, él ya se había ido. Cuando él llegaba a casa, yo ya hacía tiempo que dormía. Lo que él no sabe es que muchas veces, entre el sueño y la realidad, yo sí que me daba cuenta de cómo venía a vernos dormir al cuarto, las conversaciones entre susurros con mi madre para saber cómo estábamos, las manazas enormes, desde mi perspectiva, que me colocaban en una postura menos absurda porque me había quedado dormida con medio cuerpo fuera de la manta y de la cama. Nunca me he sentido poco querida de pequeña.

Pasan los años y me hago adolescente. La edad del pavo golpea en todo su esplendor y como chica moderna que no entiende al carcamal de su padre surgen las discusiones, las tensiones, las luchas de poder y otros grandes momentos la adolescencia. A pesar de todo, nunca me he sentido poco querida de adolescente.

Pasan aún más años y me hago adulta. O casi, porque al ser la menor de la familia creo que siempre tendré el título de honor de "la Pequeña". Mi padre poco a poco empieza a compartir sus problemas conmigo, a darme charlas (a las que cariñosamente llamamos "chapas"), a escucharme y a reírse conmigo. Desayunamos juntos y nos acompañamos en el metro, yo a trabajar y él a su escuela de relojería, uno de los varios oficios frustrados que no emprendió por nosotras y que ahora disfruta como un chiquillo.

Y a día de hoy, sigue sin saber que lo sé. Sigue sin saber que me he dado cuenta de que presume de nosotras cuando no estamos delante, de que se emociona con nuestros logros, de que algunas veces sigue mirando en mi habitación cómo duermo. Sé que se preocupa cuando me pongo mala como cuando tenía diez años y sé que cuando le digo que he cancelado planes por hacer algo con él se enternece. Y todo esto lo sé a pesar de nuestras bromas, nuestras puyas, sus intentos de que me vaya ya de casa (momento que está muy próximo y que sé que en el fondo le entristece), nuestras discusiones y piques esporádicos.

También sigue sin saber que estoy orgullosísima de él, con todo lo pesado y cansino que es, que no cambiaría nada de nuestra relación padre e hija, que aprecio muchísimo todo lo que ha hecho y hace por mí y que es el mejor padre del mundo. Aunque sea lo típico que se dice a un padre, así lo siento.

Feliz día, papá.

Y también estoy orgullosa de que esté envejeciendo con tanta clase.
Chupáos esa, rockeros que parecen señoras *cof*cof* Paul McCartney *cof*cof*

2 comentarios: